Estas semanas, Ceuta se ha convertido en el escenario donde se ejecutan algunas de las políticas más crueles del imperialismo y del capitalismo global. Un territorio convertido en laboratorio de control migratorio y campo de batalla de discursos nacionalistas y ultraderechistas que señalan a la clase trabajadora racializada como enemiga.
Una vez más, las vidas de quienes huyen de las guerras, la persecución, la explotación y la miseria, o simplemente ejercen su libertad y migran como pueden en busca de algo mejor, son utilizadas por los Estados como moneda de cambio geopolítica. Se juega con la vida de miles de personas para negociar intereses económicos, presionar a otros países, reforzar fronteras y alimentar discursos militaristas que solo benefician a las élites políticas y económicas.
Pero la crisis de Ceuta no puede entenderse únicamente como una disputa entre España y Marruecos. Es también el resultado de décadas de políticas migratorias europeas basadas en el control, la externalización de las fronteras y la criminalización de las personas migrantes.
La Europa Fortaleza
La Unión Europea ha construido una Europa que militariza sus fronteras, fortalece agencias como Frontex, endurece los procedimientos de asilo y devolución y externaliza el control migratorio hacia Estados como Marruecos, Libia o Turquía. Una Europa que convierte el derecho a migrar en una cuestión policial y que pretende gestionar la movilidad humana mediante alambradas, centros de internamiento, vigilancia y deportaciones. Después de expoliar al sur global durante siglos ahora quiere salvarse de las consecuencias de la miseria que ha creado.
El nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, en vigor desde junio de este año, profundiza precisamente en esa lógica: más control de las fronteras exteriores, cribados, procedimientos acelerados y mecanismos de retorno. Que no nos sorprenda ver cómo el Gobierno del PSOE aprovecha esta tragedia para cumplir sus compromisos social chovinistas con la UE y con la OTAN.
No necesitamos una extrema derecha gobernando para que se aplique su programa. Cuando el PSOE gobierna y profundiza en el control fronterizo, en la externalización de la represión migratoria o en la lógica de la devolución y la deportación, demuestra que el racismo institucional no pertenece exclusivamente a la ultraderecha. La izquierda compra el discurso de la invasión y redunda en la externalización de la represión a Marruecos, y esto lo hacen conjuntamente en distintos niveles el PSOE, Sumar y Podemos. La extrema derecha puede marcar el discurso, pero el Estado dispone de mecanismos propios para convertir ese discurso en política pública. La frontera de Ceuta es precisamente una de sus expresiones más brutales.
La prensa, como auténticos pirómanos, echan fuego sobre el asunto, hacen espectáculo del sufrimiento y criminalizan la migración. Mientras se presenta a Marruecos como único responsable de la crisis, se oculta que España y la Unión Europea llevan años convirtiendo a ese país en gendarme de sus fronteras. Se externaliza la violencia para no tener que verla, para tener al electorado tranquilo y dócil. Se paga para que otros Estados detengan, persigan y devuelvan a quienes intentan llegar a Europa. El imperialismo vuelve a ser estrategia preferente con nuevas caras y nuevos colaboradores. Y mientras tanto, miles de personas quedan atrapadas entre fronteras, alambradas, mares y policías.
Los muros del capital
Las fronteras no detienen las causas de la migración, solo la hacen más peligrosa. La consecuencia es conocida: muerte, desapariciones, explotación, trata, pobreza y precariedad. Al menos 140 personas murieron durante la entrada de finales de julio, mientras miles permanecen todavía en Ceuta en condiciones extremadamente precarias.
Frente a esta realidad, las instituciones ofrecen una respuesta basada en el control y la securitización. Y esa política tiene consecuencias también para la clase trabajadora de Ceuta. Los ceutíes sufren igualmente las consecuencias de unas políticas neoliberales que deterioran los servicios públicos, precarizan las condiciones de vida y abandonan a los territorios periféricos. Buscan que prioricemos los intereses “patrióticos” sobre la clase trabajadora internacional, fragmentando así a la clase en torno a sus intereses inmediatos. El problema no son quienes llegan huyendo de la miseria. El problema es un sistema incapaz de garantizar una vida digna para nadie.
La desesperación y el miedo producidos por este abandono son entonces utilizados para enfrentar a trabajadores contra trabajadores. Se señala al migrante para que no se señale al responsable. Se convierte al pobre extranjero en enemigo del pobre nativo en un territorio que, no se olvide, fue tomado hace siglos. Se transforma a la persona racializada en una abstracción: el invasor, el bárbaro, el delincuente, el enemigo. Y esa deshumanización está produciendo ahora violencia, es el principio básico del fascismo en acción. Se han dado acciones parapoliciales y paramilitares que nos recuerdan a otros momentos de la «democracia» española: los GAL y las cloacas del Estado, las cacerías de policías en el Procés, la vinculación con organizaciones franquistas y ahora ataques nocturnos. Obviamente, un ministro del interior condenado desde Europa por encubrir la violencia y la tortura policial no va a perseguir esto y, al permitirlo, abre las puertas a la fascistizacion.
Resistencia y organización sin barreras
Lo que hoy sucede en Ceuta tampoco puede entenderse como un hecho aislado. Forma parte de una ofensiva reaccionaria que en los últimos años ha ido extendiendo la persecución, el señalamiento y la violencia contra personas migrantes, personas sin hogar, militantes antifascistas y quienes se organizan frente al fascismo. De Ourense a Torre Pacheco, de Granada a Ceuta, asistimos a una escalada en la que la extrema derecha trata de convertir su discurso en violencia organizada y encuentra, demasiado a menudo, la complicidad, la tolerancia o la impunidad total que le proporcionan los aparatos del Estado. Mientras se señala a quienes ayudan, se hostiga a quienes denuncian y se reprime a quienes resisten, fascistas y fuerzas represivas acaban compartiendo objetivos: controlar, perseguir y silenciar a las personas más vulnerables y a quienes se solidarizan con ellas. Por eso no podemos contemplar esta ofensiva como si fuera un episodio pasajero ni esperar a que desaparezca por sí sola. La historia demuestra que la reacción avanza cuando quienes pueden hacerle frente permanecen dispersos, aislados o desorganizados.
Por eso, como organización revolucionaria, Liza nos posicionamos contra el terror racista en Ceuta. Denunciamos de manera absoluta e incondicional el estallido de violencia racista que se está produciendo en territorio ceutí. Grupos organizados han atacado a personas migrantes y a vecinos musulmanes, han destruido y quemado asentamientos en las playas, han intentado impedir el reparto de alimentos de Cruz Roja, han hostigado negocios que atienden a personas migrantes y han agredido o acosado a periodistas y vecinos. También se han difundido llamamientos a realizar batidas y persecuciones mediante grupos de WhatsApp y otras redes.
Esto no es una protesta vecinal. Esto es violencia racista. Y no puede justificarse bajo ningún concepto por las dificultades reales que atraviesa la clase trabajadora ceutí. La quema de los asentamientos de migrantes, el bloqueo de la ayuda humanitaria y las agresiones contra personas racializadas son expresiones de una lógica política que pretende resolver un problema social y político sistémico mediante la persecución de quienes ocupan la posición más vulnerable.
No aceptamos que ninguna persona sea perseguida por el color de su piel, su procedencia, su religión o su situación administrativa. Y tampoco aceptamos que el Estado utilice la violencia racista que él mismo ha contribuido a alimentar para profundizar todavía más en las políticas de control y militarización. El racismo divide a nuestra clase, y la ultraderecha quiere convencernos de que el enemigo está infiltrado, entre nosotras, y que viene del otro lado de la frontera. El capitalismo quiere que pensemos que el problema son los movimientos migratorios. Ese sistema necesita que los trabajadores compitamos entre nosotros por el acceso a la vivienda, al empleo, a los servicios públicos y a unas condiciones de vida cada vez más degradadas. Nosotras decimos que el enemigo no es quien llega. El enemigo es el sistema capitalista que necesita una fuerza de trabajo precarizada, racializada y vulnerable.
La violencia contra las personas migrantes no es un fenómeno externo al capitalismo. Es una herramienta funcional para un sistema que necesita cuerpos precarizados y trabajadores divididos. Por eso nuestra respuesta no debe dirigirse en absoluto a pedir a las instituciones que gestionen mejor las fronteras. Nuestra respuesta tiene que ser política, anticapitalista y colectiva. La respuesta a los sucesos racistas en Ceuta debe superar un enfoque exclusivamente antifascista, debe sumar a la clase trabajadora en su conjunto y eso pasa por poner en práctica un política de masas y superar el gueto de nuestros movimientos sociales más cercanos.
Ante la deshumanización del proletariado como clase, solo nos queda una respuesta: la organización política colectiva. Necesitamos dar un paso adelante. Necesitamos construir un frente social contra el racismo y las políticas migratorias del Capital, articulando a organizaciones revolucionarias, colectivos antirracistas, sindicatos, organizaciones vecinales y movimientos populares.
Necesitamos construir redes de apoyo mutuo y solidaridad que no se limiten al asistencialismo, sino que permitan a las personas migrantes tener agencia propia y construirse en sujetos políticos organizados. Necesitamos defender los barrios y los espacios de convivencia frente a quienes quieren convertirlos en territorios de persecución. Necesitamos responder colectivamente a las agresiones racistas, construir autodefensa popular frente al fascismo y el racismo, desde la unidad de quienes sufren la explotación y la opresión, sean racializados o no. Porque mientras unos queman campamentos, nosotras debemos pasar de la asistencia de bienes básicos hacia la autodefensa organizada. La solidaridad también es organizarse, defenderse y construir poder de clase.
No queremos una Europa más eficiente para deportar, ni una frontera más militarizada, no queremos una policía migratoria al servicio del capitalismo, ni que la miseria sea gestionada mediante cárceles, expulsiones y alambradas.
Queremos libertad de movimiento, derechos para todas y todos y una vida digna para nuestra clase. Porque frente a la Europa Fortaleza, abriremos las fronteras. Frente al racismo, organizamos solidaridad. Frente al fascismo, convocamos la autodefensa popular. Y frente al capital, organización revolucionaria.
